Unificar la marca. Era uno de los objetivos prioritarios de Bodegas Antídoto (San Esteban de Gormaz) cuando, hace casi dos años, decidieron encarar una actualización de la imagen de sus vinos, de los tintos, Antídoto y La Hormiga, y de uno de sus dos rosados, Roselito. Los bodegueros Bertrand Sourdois y David Hernando presentaron la nueva imagen de botellas y etiquetado en una cata en el Hotel Convento de San Francisco de la capital a mediados de febrero, y los tintos renovados estuvieron presentes en el VI Encuentro de Viñas Viejas el pasado sábado, en el Mercado Municipal de Soria.
El vigneron de Bodegas Antídoto, David Hernando, admite que el cambio de imagen ha sido «bastante largo». «Trabajamos los tintos en formato de botella bordelesa y hemos pasado a la borgoñona, la que la gente llama en el mercado achampanada. El rediseño de la imagen de la etiqueta lo teníamos más claro, es un proceso de márketing. Lo que más nos costó fue decidir si cambiábamos o no el formato de la botella. Y, para eso, estuvimos año y medio, buscando pros, contras, momentos de inspiración...», detalla.
Cabe puntualizar que la botella borgoñona o borgoñesa se caracteriza por no tener hombros. Se trata del diseño más antiguo que se conoce y toma su nombre de la región francesa de Borgoña.
Una de las razones que les animó a dar el paso fue comprobar que los vinos «más sutiles» y «selectos» se comercializan en botella borgoñona. Tras un estudio de mercado de «entre 150 y 200 tipos diferentes», los responsables de la bodega, en colaboración con el diseñador de la etiqueta, se decantaron por el tipo de botella borgoñona. Un proceso que también se prolongó durante varios meses, en los que se probaron distintas etiquetas.
«El diseñador de la etiqueta tiene que leer el mensaje que queremos transmitir y debe haber una continuidad con las etiquetas de Antídoto. Ahí está su trabajo», apostilla David Hernando.
El enólogo asume que la transformación implica un periodo de «adaptación» y «explicación» a los clientes y consumidores de los vinos de Bodegas Antídoto, si bien, por el momento, la acogida en los actos en los que se han mostrado las nuevas botellas ha sido satisfactoria.
La elección del tipo de botella borgoñona y el rediseño del etiquetado implica incluir una cápsula diferente, una tarea que, asimismo, corresponde al diseñador, y el tapón que, además de cumplir con la calidad que exigen vinos como los de Bodegas Antídoto, debe contar con la longitud adecuada para el modelo de botella escogido.
unificación y continuidad. Como se indicaba al inicio, la idea de unificación de la imagen de Bodegas Antídoto fue el principal motivo que les ha llevado a esta transformación. Hernando argumenta que en el caso de los tintos, Antídoto y La Hormiga, el primero «se identifica muy bien» por las piedras de la etiqueta. «Pero La Hormiga era una botella muy bonita, bordelesa troncocónica, con una etiqueta con tres chopos dorados... pero visto desde lejos era muy difícil asociarla a Bodegas Antídoto. Buscamos una línea general para que el cliente en un comercio, en un bar o en una vinoteca identifique La Hormiga con Bodegas Antídoto», resume al respecto.
Esta uniformidad se pretende trasladar «a otro posible tinto que salga en el futuro». Se trata de Munierro, tal y como avanzó David Hernando a El Día de Soria en otoño, un vino de terroir procedente de un paraje arcilloso en Matanza de Soria, a cinco kilómetros de San Esteban de Gormaz.
«Para Roselito es la misma botella pero en cristal blanco, transparente. Y no cambiará Le Rosé, porque es un sello muy meticuloso, muy bien estudiado y no vimos la necesidad de renovar este diseño. Le Rosé es una botella única que se etiqueta manualmente. Tocar este diseño sería estropear algo que, de por sí, es perfecto», abunda el bodeguero.
Hernando reconoce que hubo una parte de resistencia emocional al cambio, por el cariño del equipo de la bodega a la imagen con la que ha triunfado Antídoto.
El vigneron de Bodegas Antídoto resalta que el propósito no solo era unificar la marca, sino también aportar «dinamismo» y «refresco» a la imagen de las botellas. «Es un proceso de rejuvenecimiento de la imagen, de rediseño. Somos muy inquietos y esto forma parte de nuestra personalidad [...] Existía una incertidumbre sobre si cambiar o no, porque era algo que estaba funcionando, por lo que la decisión era arriesgada. Pero hay una continuidad en la nueva etiqueta», finaliza.